Enrique Pardo Farelo
Luis Tablanca

Semblanza de Luis Tablanca por Leonardo Molina Lemus
Biografía
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El Carmen (Recopilado de Una Derrota sin Batalla)
Versos de Semana Santa
Recopilado de Poemas
Colección de Poemas Poemas Inéditos de Tablanca reunidos en una gran colección
Semblanza de Luis Tablanca

Unos apellidos que encontramos con regular frecuencia en los antiguos infolios de Ocaña y que fueron usados por varias generaciones siempre unidos, fue la combinación Gómez Farelo. Los caballeros y las damas de esta estirpe figuraron en esta ciudad en los primeros planos, y unos de ellos, el sacerdote Joaquín Gómez Farelo, escribió a finales del siglo XVIII un extenso ensayo sobre la aparición de la Virgen de Torcoroma, trabajo que indudablemente puede considerarse como el primer testimonio intelectual de aquella comarca.
Unos deudos suyos don Santiago, don Antonio y don José María Gómez Farelo, se desplazaron hacia el norte de Ocaña y fueron condueños de la hacienda "El marqués", antigua propiedad de los padres jesuitas. Cuando pensó en formalizarse la fundación de El Carmen en la primera década del pasado siglo, ellos ofrecieron las partes planas de su finca, pero otros vecinos prefirieron el primitivo sitio de "Estancia Vieja". Don Santiago se convertiría en 1.883 en bisabuelo de Don Enrique Pardo Farelo, hijo del hogar formado por don Pedro Pardo y doña Claudia Gómez Farelo. Este apellido compuesto se trasforma a partir de esta generación sólo en Farelo, quizás por simples razones de sencillez o de eufonía.

Convergieron en el futuro hombres de letras dos corrientes idealistas: las de Ocaña y Mompós, pues su padre era oriundo de esta última ciudad. Fiel al llamado de sus ancestros se reintegró a Ocaña apenas iniciada la adolescencia.
El mismo confiesa que sus bases culturales eran apenas elementales. Tuvo allí la fortuna de encontrar trabajo en la casa comercial de los señores Jácome Niz, quienes se tornaron en mecenas suyos y pusieron a su disposición una biblioteca enriquecida con lo mejor de la producción en verso y en prosa de la literatura española y americana. Eran así mismo importadores de libros. Pocos años le bastaron a su claro talento para convertir al sencillo provinciano en uno de los más extraordinarios casos de autoformación de nuestro país, pues sus modestos recursos económicos no le permitieron siquiera utilizar los escasos estudios superiores que se obtenían en la Ocaña de entonces.
Ocaña sin embargo tenía ya fama de culta. Contaba con imprenta desde 1.851. Era la patria de José Eusebio Caro y de José Vicente Concha Lobo y había servido de albergue a la Convención Nacional de 1.828. Al empezar el presente siglo habían circulado en ella más de cuarenta periódicos de relativa importancia, redactados y dirigidos por valiosas plumas entre las que sobresalen las de José T. Gaibrois, Lázaro María Pérez, Joaquín Pablo Posada y Germán Gutiérrez de Piñeres, raro caso en una ciudad intermedia e incomunicada con los principales centros culturales del País. Era, pues, el ambiente apropiado para el espíritu del novel peregrino.
Con el nivel cultural así adquirido halló pronto camino para encontrarse con dos predestinados del arte con quienes formó una trilogía que sigue vigente, aún después de su desaparición terrena. A la usanza de Provenza alguien los bautizó "Los Felibres" y cada uno en su género dejó huellas que atesora su tierra. Edmundo Velásquez y Adolfo Milanés son nombres que honran la lírica Colombiana. Y Luis Tablanca (Enrique Pardo Farelo), el consumado novelista y cuentista que opaca un poco al delicado poeta, alcanzó entre ellos mayor reputación nacional.

Superada la corta etapa de Ocaña se traslada a Bogotá, y es allí donde aparece lo más variado de su producción, la cual abarca muy diversos campos, incluso hasta el periodismo, pues fue colaborador del Diario Nacional", cuando lo dirigía el doctor Enrique Olaya Herrera. Según manifestación personal que nos hiciera en 1.958, Tablanca se consideraba cofundador de la revista "Cromos". Otra revista, "El Gráfico", publicó también a menudo sus primorosos cuentos, calificados por Luis Eduardo Nieto Caballero "como los mejores de nuestra literatura, de los más sobrios y de los más nacionales".

En una reunión de Nortesantandereanos en agosto de 1.939 con el Presidente de la República Eduardo Santos, en casa del gobernador Hernán Gómez Gómez en Bucaramanga, tuvimos la fortuna de oír de labios del egregio estadista conceptos encomiásticos sobre nuestro biografiado. Entre otras palabras altamente consagratorias manifestó que "Tablanca era una víctima ilustre de la modestia o de la timidez". El novelista estuvo muy cercano al afecto del ex presidente.
No obstante el apostolado de bondad del cual se hace especial mención adelante, era Tablanca en realidad un ser algo reconcentrado. Eludió el acicate espiritual de una esposa. Prefirió la soledad. El hecho de aislarse de la Capital de la República, dando la espalda al círculo intelectual de la época que lo estimulaba y lo aplaudía, para encastillarse en un pueblo lejano e inaccesible en la plenitud de la vida, nos insinúa por lo menos un desencanto o un prematuro tedio de la sociedad. Signos reveladores de esta situación anímica cercana a la misantropía los encontramos ya en una misiva suya a don Miguel de Unamuno escrita en 1.908, cuando escasamente contaba veinticinco años. De la respuesta del sabio rector de la Universidad de Salamanca, que enseguida insertamos, podemos deducir el estado de alma de nuestro compatriota: "Entre los libros que he dejado sobre mi mesa de trabajo figura, mi estimado señor, sus "cuentos sencillos". A ver cuándo tengo un respiro para hojearlos".
"De lo que no sé qué decirle es de "mis veinticinco años , ya un poco fríos y demasiados vividos". Espero que se le calentarán y comprenderá algún día que aún no ha empezado a vivir. No creo en general en los desengaños prematuros. Las esperanzas se forjan en recuerdos y el que no ha dejado camino detrás de sí, no tiene camino a la vista. El porvenir es una proyección del pasado. Dentro de diez años sentirá usted de otro modo y para entonces lo emplaza su afectísimo, Miguel de Unamuno".
Después de su semiclausura en El Carmen sólo produjo su obra maestra "una derrota sin batalla", fruto de su fugaz experiencia como secretario de hacienda de su departamento. Calificada por notables críticos nacionales y extranjeros (Gerald. E. Wade) como una de las mejores novelas colombianas, es desconocida ahora, sin embargo, por la casi totalidad de sus compatriotas, debido al escaso número de su única edición de 1.935 en la editorial "La Cabaña" de Bucaramanga. En esta novela, esencialmente autobiográfica, aparecen a cada paso de sus agudas cualidades para la sátira de la naturaleza humana, su extraordinaria fuerza de invención, la calidad y sencillez de su relato, cualidades de las cuales se expresa así Luis Eduardo Nieto Caballero:... "Calladamente Luis Tablanca ha formado un palacio de belleza. Cada piedra que han labrado sus manos lo han elevado en el concepto de que es un genial cantero del arte. Predomina en él el observador, el descriptivo, así en sus versos como en sus cuentos. La pluma le sirve para expulsar el demonio interior, para fijar en lo que no perece lo que lleva en los ojos y en el alma. No es él instrumento para cultivar notoriedades, que acaso su refinado espíritu desdeña. En nada de lo que ha escrito se revela la dificultad del que asciende con el corazón fatigado. Suya es la difícil facilidad encarecida por los que aman lo espontáneo y lo sencillo. Y por uno de esos privilegios del arte verdadero, lo espontáneo y lo sencillo manejado por Tablanca tiene exquisita novedad y dejan un reguero de cosas sugestivas. Otro crítico, el ilustre salesiano José J. Ortega Torres, conceptúa en su "Historia de la literatura Colombiana" que Tablanca, es un artista de la narración en prosa castiza y flexible: Sus cuentos y novelas son páginas llenas de paisajes y colorido".
Nieto Caballero lo ubica dentro de la generación del centenario, al analizar cien figuras representativas de la política y las letras de aquel brillante período.
El notable crítico, poeta e historiador Jorge Pacheco Quintero, opina que Tablanca, "Como novelista, supera los tradicionales marcos del costumbrismo, y alcanza un realismo autóctono, limpio de técnicas y temáticas foráneas que le colocan muy por encima de muchos novelistas de los últimos tiempos. A estas horas de la cultura del mundo, cuando se han eliminado las distancias y desaparecido los rincones, la América hispana tiene que contar, y Luis Tablanca cuenta a lo Hispanoamericano. Es lo que hoy se llama la Universalidad del realismo local, en el que son verdaderos maestros en Colombia, Luis Tablanca y Tomas Carrasquilla. Este último consideraba al primero dentro de los mejores cuentistas del habla española".

Otro importante crítico el español Emilio Ramírez Ángel, escribía en Madrid en 1.909:... "Quedamos, pues, en que Tablanca, a quien no pretendo describir, es un cuentista "nuevo en esta plaza" pero ducho ya en las argucias, intuiciones, mañas y socaliñas del escritor formado. Tablanca es, a mi juicio, un literato consciente, dueño de ese prestigio que arranca a la emoción suspiros de conquistada, de seducida. Al hombre de Luis C. López, enmarcado por una aureola que gustosamente percibo, añado hoy el de Luis Tablanca. Este libro, "Cuentos sencillos", está también hecho, tan amorosamente escrito, tan lleno de imágenes insólitas y períodos pulidos, que su autor se gana, en noble lid, todas nuestras simpatías"...
en su bibliografía aparece además de "Cuentos sencillos", publicado en Madrid en 1.908, "Cuentos fugaces" (Barcelona, 1.917) y su colección de versos "La flor de lo años", editada en Bogotá en 1.918. Su novela costumbrista de ambiente ocañero "Tierra encantada" se publicó también en Bogotá en 1.926. Al año siguiente se hizo la segunda edición y a este éxito se refiere el escritor en el prólogo: "la favorable acogida que ha tenido esta novela, ya en el concepto de los críticos, ya en la simpatía del público, manifestada de la mejor manera que puede desear un autor, es decir, comprándola hasta agotarla, me ha movido a hacer esta segunda edición y me da además ocasión de decir unas cuatro palabras".
"Sea lo primero declarar la complacencia que me ha producido tan inesperado resultado: no tanto para mi cuanto por lo que pone de presente que un honrado esfuerzo artístico encuentra entre nosotros el premio correspondiente, sobre todo cuando ese esfuerzo busca sus elementos de trabajo en la riquísima cantera de nuestra propia vida nacional"...
En 1.970 el Instituto Caro y Cuervo, con el patrocinio de la escuela de Bellas Artes de Ocaña, reimprimió esta obra junto con una antología de cuentos. "Forman el volumen tercero de la colección de autores ocañeros".
Una exhaustiva revisión en los archivos de la revista "Cromos" y "El Gráfico", y en los suplementos literarios de "El Tiempo" y de "El Nuevo Tiempo", en la segunda y tercera década del presente siglo, proporcionaría material suficiente para un nuevo volumen de cuentos que hoy pueden considerarse inéditos.
Daniel Samper Ortega evalúa de modo consagratorio su obra literaria en el volumen 2, página 15, de la "Selección Samper Ortega de la literatura Colombiana". (Biblioteca aldeana de Colombia), e incluye producción de Tablanca en los tomos 81, 82 y 84. El volumen citado inicialmente, titulado "Otros cuentistas", está formado con producciones de Luis Tablanca, Gregorio Castañeda Aragón, Efe Gómez, Jorge Isaac, Adel López y Vives Guerra..
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Leonardo Molina Lemus

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