Enrique Pardo Farelo
El Carmen Norte de Santander

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Este pueblo está enclavado, entre las más ásperas grietas andinas. Hacia el occidente hay una loma de caliches estériles, con un palo tapiz de pajita de ratón, muy bonito para verlo desde lejos, porque da la idea de un prado mullido, en que los pastores podrían apacentar su ganado; pero, es yerba mala, porque cada una de sus hojas se aguza y endurece como un alambre.

El pueblo desde esta la loma, queda bajo nuestra mirada, abierto como un mapa sobre una mesa. Parece un juguete; parece uno de esos pueblitos de cartón, traídos de Alemania para adorno de los pesebres de Navidad, que los gramáticos llamaban Belenes; con sus casitas de tejado rojo, sus arboles de viruta verde su piso de arena pegado con cola y frente al cuadrilátero de la plaza, su iglesia de torre enhiesta.

Pero en los pueblitos de juguete, la Iglesia estaba terminada y ostentaba los vitrales imitados con trocitos de talco, mientras que en El Carmen, la casa de Dios, está inconclusa siempre.

El Carmen es así: un pueblo de juguete, apretadito, recogido al pie del monte, limitado por el corte vertical de los barrancos en cuyas profundidades nemembrosas y pintorescas, el agua de la quebrada, alzaba su rumor inacabable.

Así parece a primera vista, este pueblo sin vida; de diestras calles, con un hermoso empedrado nivelado y limpio, con un aire fresco, un cielo azul, dormido en un sopor centenario; quieto, apacible de vida estancada; pero tras esta docilidad y sencillez, se agazapa la fiera indómita de las pasiones, que a veces deja su jaula y campea libre, batiendo el ijar, ¡sed espantosa de tragedia!

Recopilada de Una Derrota sin Batalla
Luis Tablanca

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