Enrique Pardo Farelo
Biografía

Enrique Pardo Farelo, Luis Tablanca en el mundo de las letras colombianas, nació en esta Municipalidad, el 11 de diciembre de 1883, y murió en la misma, a los 82 años de edad, el 1 de junio de 1965. Fueron sus padres don Pedro Pardo (Momposino) y doña Claudina Gómez Farelo Sanguino. Hizo sus primeros estudios en este su pueblo natal. Iniciada su adolescencia por allá a principios de 1900 y apenas pasada la guerra de los Mil Días, se trasladó a vivir a Ocaña, ya que sus bases culturales, eran apenas elementales. Allí tuvo la fortuna de encontrar trabajo como contabilista en la casa comercial de los hermanos Jácome Niz, gente culta y exquisita que, a más de hombres de negocios, eran adictos a la literatura y a la música, quienes se tornaron en mecenas suyos y pusieron a su disposición una espléndida biblioteca enriquecida con lo mejor de la producción en verso y en prosa de la literatura española y americana. Pocos años le bastaron a su claro talento para convertir al sencillo provinciano en uno de los más extraordinarios casos de autoformación de nuestro país, pues sus modestos recursos económicos no le permitieron siquiera utilizar los escasos estudios superiores que se obtenían en la Ocaña de entonces. Y fue allí donde acendró su noble afición y desde donde amplió al ámbito nacional e internacional el conocimiento de su seudónimo de Luis Tablanca como cuentista, novelista y Poeta. Este era, pues, el ambiente apropiado para el espíritu del novel peregrino. Lleno de conocimiento en el cultivo de las letras halló pronto camino para encontrarse con dos poetas ocañeros Adolfo Milanes y Edmundo Velásquez, con quienes formó aquel grupo conocido en nuestra patria y más allá de ella, como "Los felibres". En el año de 1909 es publicado en la Colección Ánfora, de la Librería de Pueyo, Mesonero Romanos, en Madrid, "Cuentos Sencillos", obra que inicia con un soneto a sus padres, para dedicarles el libro. Transcurridos varios años de fecunda vida literaria y bohemia en la castiza Ocaña y en busca de mejores horizontes para sus inquietudes intelectuales, Luis Tablanca, viajó a la capital de la República, hacia el año de 1910, donde después de asegurar su estabilidad económica en un cargo de los ferrocarriles Nacionales, entro a colaborar en los suplementos literarios de los grandes diarios y en las revistas de la capital, como: "Diario Nacional" cuando lo dirigió el Dr. Enrique Olalla Herrera, El Tiempo, El Espectador, El Gráfico, Cromos, así como en revistas en Medellín y Cali.

De esta manera Tablanca cobró merecida fama como cuentista y crítico de la literatura y además se hizo a la amistad de los grandes de la época en el periodismo y la literatura, como: Enrique Olaya Herrera, Eduardo santos, Luis Cano, Ismael Enrique Arciniegas, Luis Eduardo Nieto Caballero, los esposos Jaramillo Meza, Tomás Carrasquilla, Miguel de Unamuno (Maestro de Salamanca), entre otros. En 1917 se pública, "Cuentos Fugaces", en la Librería Sintes, Ronda de la Universidad, en Barcelona; obra que dedicó a los señores Jácome Niz, de Ocaña, que lo acredita como a uno de los mejores cuentistas del idioma. En el año de 1918, es editada por la casa Arboleda y valencia, de Bogotá, "La Flor de los Años", donde él mismo expresa "que estos versos son la flor de mis años juveniles, que ya empiezan a no serlo..." En el de julio del año 1923, en una nota introductora de sus cuentos Otto de Greiff anota en la revista "Lectura Breve" de Medellín que Tablanca "es un verdadero estilista y para muchos el primer cuentista de Colombia". En 1926, se publicó en Bogotá, la novela "Tierra Encantada", de tema local pero que supera los tradicionales marcos del costumbrismo según Jorge Pacheco Quintero, y cuya acción se desarrolló en la Ocaña aristocrática, remilgada y gentil de los primeros años del siglo pasado.

Hacia el año de 1930 una grave enfermedad de su padre lo hizo regresar a su terruño, ya consagrado como uno de los grandes valores de la literatura nacional. Es en este mismo año, donde recibe por medio de un telegrama la noticia de su nombramiento como Secretario de Hacienda del Norte de Santander, cargo que aceptó, pero que a los pocos días renunció, horrorizado ante la intriga política y la corrupción administrativa que encontró; experiencia que inspira al bardo carmelitano para escribir su novela "Una derrota sin Batalla", con la cual Tablanca quiso explicar y en cierto modo desquitarse de la derrota burocrática que sufrió al aceptar dicho cargo. Novela publicada en Bucaramanga en 1935 y que según Gerald E. Wade es considerada como "una de las mejores escritas en Colombia en los últimos tiempos". Sus obras revelan un desbordante afecto por la temática terrígena y en la que se expresa el realismo local. Para Enrique Pardo Farelo, El Carmen era su mundo, su universo. Allí las gentes le respetaban y querían como un patriarca de los tiempos antiguos. Era un hombre demasiado serio, franco y firme en sus conceptos; muchos lo consideraron tímido; equivocadamente también; creyeron otros que se trataba de un hombre orgulloso. Equivocadamente. Porque el poeta carmelitano fue un señor que supo vivir entre el respeto y la sencillez. Hombre que prefirió la soledad y eludió el acicate espiritual de una esposa. Tablanca es el más valioso producto de su medio, como artista y como hombre. En ese regreso a su suelo nativo, mientras el escritor y poeta pergeñaba en silencio páginas que aún permanecen inéditas, como: "El Tesoro Inagotable" (novela), "La Voz Inquietante" (poesías) y una serie de artículos, crónicas y cuentos; el hombre de la acción cívica, el vigilante insomne, a la vez que se consagraba al cuidado y al amor de su familia, se dedicó nuevamente a conservar y acrecer, con similar cariño, el prestigio tradicional de su tierra como pueblo culto, luchador y progresista. Allí estaba Pardo Farelo el funcionario, el Personero Municipal, el Alcalde sin tacha, el Concejal y Diputado a la Asamblea Departamental; hombre modesto que casi toda la vida vivió como "escondido" en el Carmen, su tierra, dedicado a servirla; porque el amor a los pueblos - solía repetir - se manifiesta sirviéndoles; no se manifiesta hablándoles.
...Yo estoy convencido - decía - de que sirviéndole a mi pueblito natal le sirvo a la provincia, al departamento y a la patria misma. Porque si cada abeja pone una gota de miel en su celdilla, ya tendremos listo el panal.

El orgullo y la gratitud que sus conciudadanos conservan viva y entrañablemente por el ilustre hijo carmelitano están juntamente simbolizados en el monumento que en honor se levanta en el Parque Principal de esta municipalidad, desde entonces su señora figura mira apacible el lento discurrir de los días y los años.

Enviado por: Carlos E. Lázaro

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